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26 febrero 2019

Primaveras
by MercadoInterno - 0



La vida como es…
De Octavio Raziel
Primaveras
         Llegó la primavera…no, no una, fueron muchas primaveras.
         La madrugada de este lunes, maravilloso San Lunes, las aves que conocemos por aquí como primaveras iniciaron sus cantos del enamoramiento; fue un Big Bang, un orgasmo cósmico de cenzontles que invadieron mi recamara con las primeras luces del día.
         Mientras las escucho, agradezco a quien corresponda permitirme ver, una vez más, la luz del día. No puedo sustraerme del péndulo, ni de la Espada de Damocles.          De nada sirve luchar contra lo inevitable, me han dicho; el espíritu de lucha se acaba y debo de aceptarlo.
         Recorro con la mente el mundo que me rodea y, como Sócrates, me doy cuenta de hay demasiadas cosas que no necesito y que mi felicidad me la puedo conceder con sólo no pedir más de lo necesario, que es un poco más de tiempo. Evitar, en lo posible, las redes sociales que invaden a todo mundo con sandeces, pensadas, escritas o inventadas por millones de usuarios antes que yo.
         Mientras escucho a las primaveras y las veo saltar de árbol en árbol, del limonero a la moringa, de la lima y hasta el naranjo valenciano, remontó el río de la memoria. Me llega el aroma de otras estaciones que abrieron el año y me llevaron hasta el invierno. Me trae recuerdos de música evanescente, del aroma o el tacto con otra piel, la de un amor, o muchos amores que quedaron en el pasado; también sabores que disfruté durante tanto tiempo. La memoria, ese espacio que es el aliado natural de la muerte.
         El sonido de esas aves se mezcla con el de otras que han comenzado a invadir mi ceiba que llegará algún día hasta las nubes, o a los framboyanes y Tabachines que les darán refugio a sus nidos. A las garzas que anidaron en enormes árboles cercanos a mi casa las observo con sus crías que comienzan a practicar sus vuelos previos para la partida, en unas semanas, a los lagos norteamericanos o canadienses.
         Esta mañana la imagino como un viejo frasco olvidado en algún rincón y que al abrirlo resucitan espíritus del pasado.
         Salgo, y rescato la huida de la luna que se esconderá en el horizonte. He disfrutado desde mi ventana la Luna de Nieve. Releí la obra de teatro de Albert Camus, Calígula. En ella nos muestra a un emperador que disfruta de la poesía, pero que la muerte de su hermana y amante, Drusila, le convierte en un hombre obsesionado por lo imposible, enamorarse de la luna. Por la noche, cuando la luna estaba en su pleno y en todo su esplendor, la invitaba a venir a recibir sus abrazos y compartir su lecho. La persiguió por las rúas del imperio sin alcanzarla, mientras su hermana-amante se convertía en diosa romana. Hasta que llegó Cesonia, “la vieja querida” a su rescate, y que fue asesinada junto con su hija y el propio emperador en un complot muy al estilo de la época.
         Los hombres mueren y no son felices, exclama el Calígula que, apuñalado grita: ¡Todavía estoy vivo!; mientras, yo, cuando las primaveras y otras decenas de aves rompen el silencio, alcanzo mi felicidad. 
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