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24 julio 2018

Rasputín y el Imperio ruso (Uno de dos)
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EN LAS NUBES

Rasputín y el Imperio ruso (Uno de dos)

Carlos Ravelo Galindo, afirma:

(Aclaración pertinente. No es ancestro del actual mandatario de Rusia)

Grigori Rasputín viene al mundo el 10 de enero de 1869 en un pequeño pueblo de Siberia. En el seno de una familia acomodada que vive en la población Rusa de Pokróvskoye, Rusia, por lo que será miembro del Imperio Ruso, gobernado en esa época por la familia de los Romanov, adopta la religión de sus padres que es la de la Iglesia Ortodoxa.

Sobre quien desde pequeño fue un pilluelo alborotador, mentiroso, ladrón, pendenciero, platicamos con el ilustre médico y letrado Fernando Calderón Ramírez de Aguilar.

Fue Grigori el primero en levantar las sospechas de sus vecinos cuando desaparecía una gallina del corral o un cordero del aprisco, todo esto a pesar que en la casa del presunto culpable no faltaba nada.

Sus padres Yefim y Anna eran campesinos ricos. Tenían una casa de ocho habitaciones y una finca con varias deciatinas de tierra fértil, (era la medida de área que se utilizaba en Rusia en esa época), con ganado suficiente y buenos caballos de labor y de tiro.

El padre era labrador y carretero. Se ganaba holgadamente la vida.

La madre había traído a ese sufrido mundo a dos muchachos robustos primero a Mijaíl y, dos años después, a Grigori. Le puso ese nombre en honor a San Gregorio de Nisa, cuya festividad celebraba la iglesia en esa fecha. Podría derivar del nombre – Rasputvo -, que significa desenfreno o de –Rasputie-, (encrucijada), o también de Rasputat (desatar o resolver situaciones complicadas) .

Lo cierto es que la fama de Grigori encajaba en todas estas interpretaciones: era aficionado a la bebida, recorría los caminos con su carreta y era lo bastante listo para dirimir pequeñas disputas de sus vecinos. Yefim era aficionado a la bebida algo que heredaría posteriormente Rasputín. La educación de sus hijos no le preocupaba. La instrucción no era obligatoria y el clero recelaba de los mujik que quería saber demasiado de modo que Yefim no tenia ningún motivo para mandar a sus retoños a la escuela. A su entender, aprenderían mas si abrían los ojos al ancho mundo que si se dedicaban a calentar los bancos de la escuela con otros mocosos.

De modo que Mujail y Grigori se criaron al aire libre, echaban una mano de vez en cuando en las faenas; no sabían leer ni escribir y participaban en todos los juegos y travesuras de los bribones de su edad.

Su escuela era el campo, con sus espacios abiertos, el misterio de los bosques y los prados, las astucias de los animales salvajes y las supersticiones de un pueblo profundamente apegado a las tradiciones locales y a la fe ortodoxa.

Pokróvskoie, estaba como se suele decir, donde Cristo dio las tres voces.

Los lugareños tenían la vaga noción de que muy lejos en Rusia, había grandes ciudades como San Petersburgo y Moscú, llenas de agitación, riqueza, luces y uniformes pero no envidiaban a los privilegiados que vivían en ellas.

Los vecinos del pueblo, ubicado en la orilla derecha del Tura, un afluente del Tobol, no veían mas allá de las ciudades de Tobolsk y Tiumen. El resto era una tierra desconocida, otro planeta.

Se estaba a gusto en el ambiente rustico y familiar de aquel paraje ultramontano que nunca había conocido la servidumbre y estaba protegido de los abusos de la civilización por una barrera natural de los montes Urales.

Un día, cuando jugaban dándose empellones y reían a orillas del Tura, perdieron el equilibrio y cayeron al rio, Arrastrados por la corriente, a duras penas lograron salir del agua. Pero se habían resfriado y pillaron una pulmonía. No había ningún médico en los alrededores. La comadrona del lugar fue la encargada de atender, a su manera a los pequeños que con alta fiebre deliraban sacudidos por escalofríos.

Mijaíl murió y Grigori se debatió durante semanas contra la fiebre, accesos de tos convulsa y los ahogos. Todos los vecinos rezaban para que se curase. Llevaron la cama a la cocina, al amor de la lumbre.

Un buen día, cuando ya le daban por perdido como a su hermano, se sentó en las mantas y dijo con un hilo de voz ¡S! Oh si quiero ¡Quiero. Quiero!

Luego se desplomo en la almohada y durmió como un bendito. Cuando despertó sonrió a sus padres atónitos por aquella providencial recuperación.

craveloygalindo@gmail.com
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