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27 noviembre 2017

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La vida como es…
De Octavio Raziel
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         El piso de la casa en tierra caliente se antoja para caminar por ella descalzo. La frescura del suelo es agradable, hasta qué… muy orondo, un alacrán güero, de buen tamaño, se atraviesa en tu camino.       Escribo después de dar cuenta del arácnido que rompió las reglas de mi espacio: los bichos afuera.
         A lo largo del año, los escorpiones hacen su aparición en territorio morelense, especialmente en los municipios de Tetecala, Jonacatepec, Axochiapan, Jojutla, Tepalcingo y Tetecalita. Unas diez mil personas sufren anualmente picaduras por alguna de las 16 especies que hay en este estado; sólo dos de ellas son de alta peligrosidad: Centuriones limpidus y Centuriones balsasensis.
         En comparación con los Centurión de Nayarit y Colima, los güeros de Durango, o los que habitan en los desiertos del noroeste del país, que son altamente mortales, los de la región caliente de Morelos no lo son tanto y el índice de decesos es mínimo.
         En Tetecalita, he recibido sólo cuatro escorpiones. El primero se adhirió a una charola olvidada en el jardín. Cayó al piso dentro de la casa y aceleró su paso rumbo a la pared; no contó con un escobazo que le dejó atolondrado y luego barrido hacia el jardín. El segundo fue trasportado por mi hija Aria cuando salió de la alberca y se colocó una toalla en su larga cabellera. Cuando subía las escaleras un bicho de buen tamaño cayó en un escalón y recibió el mismo tratamiento con la escoba, terminando en el jardín todo turulato. El tercero caminaba muy quitado de la pena por el techo de la recamara donde se quedaría a dormir mi nieta Merlina. Para evitar el pánico, la estrategia fue pedirle que fuera por un vaso con agua a la cocina; mientras, la misma arma dejaba atolondrada a la sabandija que fue enviada a su hábitat. El cuarto se negó a salir de mi territorio y se mostró muy agresivo por lo que un flittazo dio cuenta de él.
         Hace muchos ayeres, sobre mi escritorio, encima de los documentos con asuntos pendientes había una tarjeta manuscrita por mi secretaria: “La Alacrana vino tres veces y tres veces me deshice de ella”. Cuando entró mi colaboradora, le pregunté:
         - ¿Quién es la Alacrana?
         -Esmeralda.
         Ella era una chica veinteañera, delgada, de hermoso cuerpo y rostro, que visitaba a todos los altos funcionarios del Partido en busca de una beca (¿De por vida?) Ella era de Durango. De ahí lo de Alacrana.
         Hubo una época en que mis parrandas terminaban en “La Canción”, un antro de mala muerte ubicado entre La Lagunilla y Tepito. Allí llegaba a departir después de las cuatro de la mañana. En una mesa estaba El Camello, hampón de siete suelas, acompañado de tres de sus guardaespaldas; en otra yo, vigilado desde prudente distancia por mi guardaespaldas voluntario, El Tigre y por El Chicote, el sacaborrachos del lugar. También estaba en mi mesa una chica voluntaria: Luz María –Qué coincidencia, con ese nombre tuve varios amores: una cajera de banco, una mesera que se sacó el premio mayor de la lotería y que habría de ayudarle a gastar el dinero de manera inteligente; una periodista, una bailarina, y ahora…- Lucha me comentó que El Camello le compraba a Saladino sábanas de la Lotería y no se sacaba ni reintegro.
         -Comprenderás que esa es la razón del porqué Dios no les dio alas a los alacranes –Le dije.
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