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08 septiembre 2017

Sin rejas
by MercadoInterno - 0



La vida como es…
De Octavio Raziel
Sin rejas
         Cuando hablamos o escribimos sobre prisioneros, proyectamos nuestro pensamiento a las cárceles que la justicia o el poder ha plantado a lo largo y ancho del mundo.
         Los derechos humanos no deberían ser de derechas ni de izquierdas; sin embargo, la derecha se ha preocupado más de los derechos individuales mientras que la izquierda de los sociales.
         Estados Unidos, país que se nos había pintado como el faro de la libertad donde las garantías de los individuos eran respetadas, se ha convertido en el país que pisotea cotidianamente los derechos humanos y las libertades. Sus acciones nos remiten a los tiempos de los nazis o al estalinismo.
         Existen también los prisioneros sin rejas.       
         En el Medio Oriente, como un ejemplo, los palestinos se han convertido en prisioneros en un país delimitado al gusto de los poderosos, y sin una salida al mundo externo. Es un país-cárcel. 
         Hay otros penados que no están tras las rejas: Las víctimas de la violencia, las niñas y jóvenes mujeres obligadas al comercio carnal, o las mujeres musulmanas a quienes con la ablación se les priva de la libertad del placer que el mismo Alá dio al ser humano. Otras miles o millones de mujeres y niñas son víctimas de la violencia intrafamiliar.
         Los países a los que llegan cientos o millones de hombres y mujeres en busca de una vida mejor, se convierten en prisioneros de su nueva residencia pues no pueden desplazarse con la libertad deseada, temiendo en todo momento ser descubiertos por las policías de migración y su consecuente deportación, sin más riqueza que la ropa que traen puesta.
         Hay quienes son prisioneros de un trabajo por necesidad, el que realizan con horarios largos y salarios cortos. Son rehenes de su propio contrato, firmado, simultáneamente, con una renuncia sin fecha.
         Privados de la libertad también son quienes en una cama o silla de ruedas han sido encarcelados por una enfermedad o un accidente; o los que viven privados de la lucidez por una enfermedad mental, una embolia y otros males que atacan al cerebro, con aviso y sin él.
         También son condenados quienes, por ignorancia, están en la imposibilidad de avanzar por la vida sin más esperanza que recibir un magro salario mínimo.
         Hasta hace poco, en muchos lugares, los homosexuales o lesbianas eran prisioneros por sus preferencias, (encerrados en un closet, decían) señalados en algunos casos y en otros, salvajemente reprimidos.
         Los presos sin rejas ni grilletes son los olvidados de los derechos que sólo son mencionados en los discursos políticos previos a las elecciones.
         Otros prisioneros sin rejas son los enajenados por los medios de todo tipo –especialmente la televisión- que como los cubre-ojos de los caballos, sólo se les permite ver hacia el frente, sin poder vivir motivados o con objetivos claros para su futuro.
         Así, vemos en lugares cerrados o abiertos a las nuevas generaciones prisioneras, sin rejas, enajenadas con pequeños aparatos que les sorben el cerebro con poco más de cien palabras. Cero cultura y mucha “información”.
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