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24 agosto 2017

Doble
by MercadoInterno - 0


Foto: Al fondo se aprecia la Gurrumina, nuestra heroica ambulancia


Doble

            Mientras soporto una fuerte gripe y tos (hace casi cinco años que no se me presentaba este virus) me apresto a tomar una aspirina y dar sorbos a mi té de tos y gripe, que dicen es lo mejor.
         Esto me trae recuerdos de mi juventud –cercana, según yo- cuando formaba parte de la brigada de rescate del Socorro Alpino de México. Cada fin de semana acudía a la sierra Izta-Popo. Mis rutas preferidas estaban en el Iztaccíhuatl, que presentaban mayores retos.
         Tuve la oportunidad de descender un par de veces al fondo del cráter del volcán Popocatépetl, cuando aún tenía pequeñas lagunas de agua con azufre, y en las paredes había grietas que silbaban cuando salían los gases y cuyo olor envidiarían los mismos infiernos. En el filo del cráter estaba una base de madera, que fue de un malacate utilizado para bajar a las personas que extraían el azufre del fondo.
         Los patrullajes de esa organización altruista, sin más apoyo económico que las aportaciones de los propios voluntarios, me permitieron interesantes experiencias.
         Compañera inseparable –me tocó manejarla un par de veces- fue la Gurrumina, una vieja ambulancia que Silvino Mora, su chofer oficial cuidaba como a su vida.
         Cuántas historias se podrían contar sobre los servicios que presto esa antigüedad llamada Gurrumina. Hacerlo llevaría un grueso volumen.
         Cada año, el domingo más cercano al 12 de octubre, se llevaba a cabo la fiesta de las naciones o Confraternidad Montañista Internacional. Era toda una fiesta para los clubes de todo el país. Se preparaba con semanas o meses de antelación. Paso muy importante era la entrega de la bandera de manos del embajador del país que sería representado en lo alto del Coloso de Anáhuac.
         En más de una ocasión me tocó instalar el campamento de mi patrulla en la Media Naranja, esto es, poco antes de la cima de la montaña. Dormíamos ahí desde el viernes, aunque sabíamos que miles de novatos, acompañados de unos cuantos expertos, iniciarían el ascenso hasta el domingo por la madrugada.
         Para cuando llegaban al campamento de media montaña donde estábamos instalados muchos de esos noveles alpinistas no daban para más, y su queja más común era: “tengo mal de montaña” (muy rara en México). Entonces entraba el tratamiento de la “doble capa”.
         Después de hacer un rápido diagnóstico del paciente se oía la voz que ordenaba:
         - Ácido acetilsalicílico con doble capa entérica, un energizante de montaña y té.
         Desde la tienda de campaña respondían:
         - ¿Doble?
         - Sí, doble.
         Así, una simple aspirina, acompañada de una pequeña ración de semillas y frutas secas con miel, además del sorbo de té limón, les hacía volar al cráter del volcán. Era un energizante similar al que los jóvenes toman ahora en botes de aluminio.
         Así, en estos momentos de la madrugada me dispongo a tragar una pastilla de ácido acetilsalicílico con doble capa entérica –Si, ¡doble capa! - y mi té de tos y gripe.
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