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13 junio 2017

Exilio
by MercadoInterno - 0



La vida como es…
De Octavio Raziel
Exilio
A Felipe De la Lama N. (1927-2013)

         Hoy, 13 de junio, se cumplen 78 años del arribo de los primeros 1,620 exiliados españoles que viajaron 19 días a bordo del buque Sinaia en medio de la incertidumbre y el temor a submarinos o aviones enemigos. Venían en busca de libertad y democracia. Fue una segunda amalgama de hispanos con mexicanos; esta vez no llegaron aventureros con la espada desenvainada; fueron científicos, intelectuales, trabajadores, comerciantes, etcétera, los que inyectaron nueva sangre a la mestiza.
         La llegada de esos hombres y mujeres a un país que se declaraba en contra de la barbarie franquista y de la demencia fascista, creó una nueva mística de ayuda a los que sufren persecución, tortura y amenaza de muerte en su lugar de origen.
         El gobierno de México fue el primero en reconocer al legalmente elegido en España, el de la República. De hecho, en el ’39 muchos republicanos y judíos iniciaron una diáspora hacia países dispuestos a desafiar al fascismo y a darles cobijo.
         El arribo de los exiliados españoles era esperado por cientos de personas que les entregaban flores y les ofrecían algún tipo de apoyo. En esa gran riada de españoles había 325 científicos enmarcados en las ciencias médicas, ingeniería, farmacéutica, arquitectura, química, ciencias exactas y ciencias naturales; además de humanistas de talla mundial con quienes la filosofía, historia, literatura, artes plásticas y otras disciplinas recibieron, de pronto, una inyección revitalizadora.
         Amén de los intelectuales y científicos, llegó gente trabajadora, dispuesta a rehacer su vida destruida en su patria por la guerra. Muchos de ellos venían con su familia, pero otros, la habían perdido.
         Marco A. Almazán, en su libro “El rediez-cubrimiento de México”, describe a los abarroteros y a los tahoneros que con un horario de más de 12 horas laboraba todos los días de año, sin faltar uno. ¿Hicieron fortuna? Claro, pero a ese ritmo de trabajo.
         Muchos de ellos formaron su familia en México y, otros, fueron quedando enterrados en estas tierras sin haber visto una vez más a su madre patria.
         Pero no sólo fueron científicos, trabajadores, intelectuales los que llegaron a México, también niños que se integraron a su nueva patria, según apuntó con tino uno de esos pequeños, el connotado intelectual Felipe de la Lama.
         En junio de 1939 atracó en el puerto de Veracruz, procedente de Burdeos, el barco “Mexique”, con 456 niños de entre 4 y 14 años, los que serían instalados en la escuela España-México, de Morelia, estado de Michoacán. A su llegada, los pequeños fueron recibidos, casi adoptados, por una mujer excepcional, doña Amalia Solórzano de Cárdenas, esposa de uno de los más grandes hombres de la historia de México, el general Lázaro Cárdenas.
         Felipe de la Lama describe de manera amena, humana, sus vivencias a través de las páginas de su memorial, “…y los niños también van al exilio”. Sin falsos sentimentalismos, plasma en letras los bombardeos sobre Barcelona y su huida en medio del peligro de muerte. Logró sobrevivir con otros niños de su edad que habían presenciado el fusilamiento de su padre o la tortura de su madre.
         A su llegada a México, recuerda, “lo más reconfortante era el trato de la mayoría de la gente, que era cordial y solidaria”.
         Con otros niños españoles conoció el México con X y aprendió a pronunciar palabras de origen prehispánico como náhuatl, Quetzalcóatl, Tlaxcala, Oaxaca, Huitzilopochtli, etcétera. Las terminaciones “tl” y las equis, fueron otros sonidos en el vocabulario de esos nuevos mexicanos.
         Felipe de la Lama, no quiso dejar de lado sus vivencias infantiles, sus experiencias de la guerra, el hambre y las humillaciones que sufre un refugiado, sobre todo los pequeños, quienes, en ocasiones, no entienden por qué los mayores descargan su odio en esos inocentes que esperarían de la vida pocas cosas: estudiar, disfrutar de sus juguetes y de los juegos propios de su edad. 
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